Un empresario omnipresente en su tiempo al que nada de la ciudad le era ajeno, que promocionó diversas actividades sociales y deportivas. Y que merece un renovado reconocimiento a su figura como protagonista destacado que fue de una importante parte de la historia de Vigo en el Siglo XX


Un emprendedor de orígenes modestos, natural del barrio de Canadelo, Enrique Lorenzo Docampo, nacido en 1892, tuvo la oportunidad de formarse en la Escuela de Artes y Oficios para posteriormente, tras trabajar en una empresa portuaria, emigrar a la Argentina en 1911.

Tras regresas en 1915, ya con veintitrés años, se empleó como operario en una pequeña empresa del sector naval llamada El Dique, donde conoció a Ludovico Morlón, que así aparece su apellido en las crónicas, mecánico de procedencia belga al que llamaban "el Francés". Con el cual, en 1919, inició un taller de reparación y construcción de pequeñas calderas para barcos y fábricas de conservas al que llamaron La Vulcano.

NACE EL ASTILLERO EN EL BARRIO DE TEIS

El éxito de la iniciativa fue inmediato: al cabo de un par de años ya era una industria que contaba con más de cuarenta trabajadores. Una década más tarde, en los años treinta, La Vulcano, que es fue su denominación inicial, comenzó a fabricar calderas para locomotoras de ferrocarril, actividad que se incrementó notablemente tras la guerra civil, cuando la factoría ya estaba instalada en Teis.

Enrique Lorenzo se había convertido en un potente industrial, por lo que en 1941 y en la misma ubicación decidió fundar un astillero, en los primeros tiempos para reparaciones y construcción de barcos de madera, cuyo primer buque de casco de acero, un carguero de cincuenta metros de eslora, fue botado en 1948. Y aquí es preciso mencionar a Florencio García de la Riva, ingeniero naval que fue decisivo para la puesta en marcha y posterior desarrollo de Vulcano. Que siempre colaboró con Enrique Lorenzo y formó en Vigo una extensa familia.

A partir de la factoría Vulcano se desarrolló el populoso barrio de Teis. Trabajar en el astillero estaba considerado como una garantía de vida. Enrique Lorenzo, siendo él en sus orígenes un obrero, se preciaba de conocer a todos y cada uno de los cientos de trabajadores; y, en un modelo empresarial paternalista, el día de su cumpleaños, en el mes de Julio, se celebraba una gran comida de homenaje-confraternidad previa a la cual los operarios recibían paga extra. Mientras que el patrón era agasajado con un regalo por parte de los empleados.

En esta línea creó una cooperativa que proporcionó vivienda en propiedad a muchos de ellos mediante préstamos sin interés. Y contaba la empresa con una sección deportiva representada no por un equipo de fútbol, sino de balonmano. Un equipo formado por operarios, creado a finales de los cincuenta y que en 1969 consiguió ascender a Primera División. Aquel Vulcano cuya camiseta era igual que la bandera de Vigo fue el germen de la importante implantación que este deporte tiene en la provincia de Pontevedra.

Entre los años 1963 y 1970 encontró además tiempo para dedicarlo a la presidencia de la Diputación Provincial.

Enrique Lorenzo no se relacionaba mucho con la "sardinocracia" de origen catalán que era por entonces dominante entonces, sólo lo justo y necesario. Por el contrario, supo construirse un mundo aparte del cual le gustaba ser epicentro.

Y su dedicación empresarial no se limitaba al astillero, pues había fundado otras empresas, entre ellas Aceros de Galicia y Sumna, ésta de suministros metalúrgicos navales.

LA VIDA ENTRE VULCANO, REDONDELA Y LA PLAZA DE ESPAÑA

A principios de la década de los cuarenta había contraído matrimonio con una dama de Redondela, María Feijoo Alfaya, de la familia propietaria del Pazo de Pousadouro que él se encargó de restaurar en los cincuenta pero que nunca habitó de manera habitual. El pazo se mantuvo a partir de entonces como punto de encuentro y escenario de celebraciones familiares, las propias y las de la extensa familia de su esposa.

Para segunda residencia habilitó como magnífico retiro veraniego, también en el municipio de Redondela, una finca con dos espléndidas casas a la que llamó Meu Lar. Con pista de tenis y piscina, algo nada habitual en la época.

Mientras que la vivienda familiar de Vigo se encontraba en la entonces alejada Plaza de España, en lo más alto de la ciudad. Una espléndida mansión obra del arquitecto Gómez Román, el mismo que había rehabilitado el pazo. Es una referencia arquitectónica en la ciudad y hasta ahora - ya por muy poco tiempo - sede social del Celta en régimen de alquiler. Lo que resulta una coincidencia acaso llamativa después de muchos años, pues él era un celtista empedernido con palco propio en el viejo Balaídos.

A Enrique Lorenzo también le tentaba viajar, sobre todo a Nueva York, de donde regresaba con todo tipo de artilugios que aquí todavía no se conocían. Entre ellos, el primer mueble televisor que lució en un salón de Vigo, cuando en España ni siquiera habían comenzado las emisiones de televisión.

FUNDADOR DEL AERO CLUB, QUE MARCÓ UN HITO SOCIAL Y DEPORTIVO EN VIGO

Le gustaba ser tan generoso como protagonista de su éxito. Era un hombre con don de gentes, cordial, simpático y extrovertido al tiempo que muy familiar. Le atraía todo lo nuevo y sabía ver el futuro, no sólo en lo referente a sus industrias. Así, mientras presidía una sociedad tan tradicional y de inspiración decimonónica como el Centro de Hijos de Vigo, en 1951 se le ocurrió fundar el Aero Club a partir de una única avioneta en un hangar de Peinador, un aerodromo donde ni siquiera operaban vuelos comerciales, que se iniciaron en 1955. Con aquella avioneta y otra que se sumó posteriormente se formaron los primeros vigueses aficionados a volar.

En ese 1955 inauguró la sede social del Aero Club en un magnífico local de la calle Reconquista, en el que los socios podían pedir la novedosa "chuepes", ya que no se sabía pronunciar Schweppes, siempre de naranja o limón porque la tónica era un asco de amarga. Allí se servían también perritos calientes con muy buena mostaza, otra novedad americana de las que gustaban a Don Enrique. En los primeros tiempos de aquellas instalaciones un orondo conserje unifomado se paseaba por el local con un precioso loro multicolor al hombro. Y allá por 1957, en ocasiones acudía los domingos, vestido de guardiamarina, el Príncipe de Asturias, un tal Juan Carlos o Juanito que estudiaba en Marín. Su presencia no era bien recibida por todos.

Las instalaciones deportivas de Peinador se estrenaron en 1962. Con un primer campo de golf de unos pocos hoyos, ni siquiera nueve al principio, donde comenzó a practicarse en Vigo aquel extraño deporte para cuya instrucción y conocimiento de las reglas ficharon a un profesor procedente de Madrid.

ESCUDERÍA VIGO Y RALLY RIAS BAJAS

Una gran contribución del Aero Club a la ciudad por aquellos tiempos fue la creación de la automovilística Escudería Vigo y la organización del Rally de las Rías Bajas, lo que fue posible gracias al socio Manuel Pestana González. La primera edición tuvo lugar en 1964 y en pocos años alcanzó rango de primerísimo orden nacional y también internacional.

De esta manera, el Aero Club se unía al Náutico, que destacaba con sus competiciones de vela; y al Club de Campo, a cuyo torneo internacional de tenis acudían las figuras de la época, desde Santana a Nicola Pietrangeli. Eran actividades deportivas que promocionaban notablemente la ciudad. Enrique Lorenzo había llegado muy alto: tenía su propio club - los otros estaban controlados por las tradicionales familias conserveras - del que fue presidente perenne a lo largo de tres décadas, hasta su fallecimiento en 1981.

Un muy especial personaje fue Enrique Lorenzo. Al que Vigo debe no poco por unas iniciativas casi siempre traducidas en notables aportaciones al desarrollo de la ciudad. En empresas, deportes, vida social, en todo tuvo mucho que ver.

Es la suya una historia muy de Vigo, la de un emprendedor con visión de futuro, muchas ganas de crecer y gran capacidad de trabajo. Esta ciudad la hicieron, en los dos últimos siglos, unos cuantos hombres como él.

J.H.G

Aunque el problema de Ascón ya había surgido en 1978, Enrique Lorenzo Docampo falleció, a los noventa de edad, un año antes de que, en 1982, tras casi dos décadas de bonanza y crecimiento para los astilleros de la Ría, la reconversión del sector naval - reducción de plantillas y externalización, debido a la caída de la carga de trabajo - hiciera estallar fuertes conflictos laborales y violentas huelgas que amenazaron por acabar con esta actividad, la cual, sin embargo, se recuperó a finales de los ochenta.

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