Se hizo construir un suntuoso palacete con más de cien ventanas y una enorme claraboya. Fue también el primer propietario de la magnífica finca de Bellavista que en 1916 compraron los Jesuitas


Habiendo nacido en Valls, Tarragona, en 1808, no era otro esforzado emprendedor salazonero originario de algún pueblo de la Costa Brava, por entonces una región costera pobre y que se encontraba aislada de Barcelona. 

No llegó a Vigo para montar una industria artesanal del pescado, sino que cuando arribó - en fecha indeterminada, en torno a 1860 - ya era un hombre que acumulaba gran fortuna basada en la actividad como naviero que había iniciado en La Habana para comerciar sobre todo con Inglaterra; pero también con nuestro puerto.

Que nuestra ciudad fuera una de las bases operativas de su flota es lo que debió traerlo hasta aquí. También la presencia de aquella colonia catalana que producía salazones que transportaban sus barcos.

CUANDO EL AREAL ERA "EL BARRIO DE LOS CATALANES"

Unos catalanes que comenzaron a llegar en gran número a partir de mediados del Siglo XIX atraídos por la abundancia de pesca, la calidad de la misma y el efecto llamada por el éxito de la primera industria montada por Marcó del Pont (ver aquí: Buena Ventura marcó del Pont i Bori) Se instalaron en su mayoría en el Areal, es decir, sobre la playa donde las barcas podían descargar sus capturas.

Marcó del Pont, natural de Calella, era de familia acomodada y trajo a los primeros pescadores y salazoneros catalanes para trabajar en su fábrica, algunos de los cuales después se establecieron por su cuenta.

Más tarde llegaron a ser cientos, aunque una parte sólo aparecía durante la temporada de la sardina. Trajeron con ellos ancestrales técnicas salazoneras mediterráneas y la "xábega", arte de pesca muy antigua y productiva de origen árabe.

Los que se asentaron definitivamente y se dieron en llamar "fomentadores" construyeron pequeñas industrias artesanales que eran al mismo tiempo vivienda. En el bajo se encontraban los depósitos de salmuera; y en el exterior, en la calle, colocaban los toneles en los que se prensaban las sardinas para extraer la grasa o saín que después se utilizaba para el alumbrado y como material para impermeabilizar barcos.

La peste, el hedor debía ser considerable en el que se dio en llamar "barrio de los catalanes", unos aromas con los que ellos convivían con sus familias formadas con esposas importadas de sus lugares de origen. Mientras consevaban sus costumbres, luciendo las tradicionales barretina y "faixa".

Como la producción de salazones era mayoritariamente enviada al Mediterráneo, los mismos barcos regresaban con aceite, vino, frutos secos y otros productos levantinos, por lo que no sólo se instalaron en el Areal pequeños industriales, también comerciantes.

LLEGADA Y ESTABLECIMIENTO DE FERNANDO CARRERAS GUIXERAS

Aparte de no ser natural de la Costa Brava, Fernando Carreras Guixeras, que lucía luengas barbas y no gastaba barretina sino, como se puede apreciar en la foto, un sombrero de verdadero caballero,. Así como, muy probablemente, gabán del mejor paño inglés. Poco que ver con los de las "faixas".

Estaba casado con la vasca Carmen Iragorri cuando decidió dejar La Habana para establecerse en Vigo y aquí nacieron tres de sus hijos, dos de ellos mujeres. Mandó levantar semejante pretencioso palacete en aquel entorno maloliente quizás con la intención de epatar a sus paisanos de las fábricas vivienda, los cuales, por su parte, lo debían considerar un "sonat" o medio chalado. Y lo hizo además en el solar que antes había ocupado la residencia de Marcó del Pont, el primer catalán en Vigo.

La construcción se inició en 1863 y el edificio fue inaugurado en 1865, convirtiéndose en un lugar de peregrinación para los vigueses de la época al tratarse, en aquel entorno, de un novedoso, extravagante y suntuario edificio, de una mansión como las de las grandes ciudades francesas.
 
Una casa de la cual, dadas sus dimensiones, de más de dos mil quinientos metros cuadrados útiles, hay que deducir que se ocuparía un numeroso servicio dedicado muy especialmente a mantener bien limpios los cristales de tantas ventanas. Que, por otra parte, también un suponer, debían permanecer siempre cerradas para evitar la entrada de los malos olores de la zona. Un enorme contrasentido.

 OTRO REGALO A VIGO FUE LA FINCA DE BELLAVISTA

Pero quizás, por encima de este edificio, el mayor legado de Fernando Carreras a Vigo sea la extraordinaria finca de Bellavista - originalmente de cinco hectáreas aunque hoy bastante disminuida en su extensión - que ocupa el colegio de los Jesuitas.

Tras el fallecimiento de Carreras pasó a manos de José Elduayen, cuyo hijo Angel la vendería en 1916 a la Compañía de Jesús por la extraordinaria suma entonces, toda una fortuna, de cuatrocientas mil pesetas.

El colegio con sus magníficos edificios no comenzaría a funcionar hasta 1928, cuando fue inaugurado. Un centro que en los años sesenta del pasado siglo contaba, entre otras singularidades y dotaciones, con una granja que incluía una explotación de ganado vacuno, la denominada "vaquería".

Los alumnos de entonces, hoy ya bastante mayores, para siempre conservarán en su memoria "el bosque", aquel gran espacio entre misterioso y semi prohibido - nunca del todo - que reunía espectaculares ejemplares de treinta y una especies de árboles, muchos ellos exóticos, llegados en los barcos de su primer propietario.

LOS SIGUIENTES DESTINOS DEL EDIFICIO DEL AREAL

Fernando Carreras falleció arruinado en 1882. Pasado un tiempo, el edificio del Areal terminó en manos del Estado, que lo convirtió en sede del Banco de España.

Después de la guerra civil lo ocuparon los vencedores para transformarlo en Gobierno Militar. Y acaso por aquello de destrozar o para prevenir que a los militares les cayera una bomba perdida a través de la gran claraboya, a ésta se la cargaron junto con toda la tercera altura de buhardillas bajo cubierta y sus correspondientes veinticuatro ventanas. A cambio colocaron un gran escudo franquista en todo lo alto de la fachada.

Con tal función se mantuvo hasta el advenimiento de la democracia, cuando pasó a ser de propiedad municipal. Y a partir de ahí el edificio tuvo sucesivos usos, albergando al Rectorado de la Universidad de Vigo; la oficina del Valedor da Ciudadanía; la sede de Vigueses Distinguidos; la de la Agrupación Territorial Galicia-Norte de Portugal.

Una regidora municipal quiso sentirse Perly Emperatriz e instaló allí la sede de la alcaldía. Y en 2014 fue traspasado a Zona Franca para dedicarlo a un, según se dió en bautizar entonces, "Centro Gastronómico de Galicia" del que nunca mas se supo.

No cabe duda de que el catalán Fernando Carreras Guixeras, en las dos décadas que pasó en la ciudad, que fueron las últimas de su vida, dejó larga impronta representada por la huella arquitéctonica de este edificio del Areal y de la formidable finca - lo era en sus orígenes - que ocupa el colegio de los Jesuitas.

El estupendo Edificio Bonín que sustituyó a las casuchas - ejemplos de fábricas vivienda - de la fotografía no se comenzó a construir hasta 1910, siendo su promotor un indiano gallego, es de suponer que orensano, Manuel Rodríguez Rodriguez, casado con una italiana de apellido Bonin. Mientras que con el tiempo algunos descendientes de los de la barretina terminaron por hacerse ricos cuando las conservas sustituyeron a los salazones y posteriormente sobrevinieron las dos grandes guerras europeas que, junto al extraordinario crecimiento de algunos países sudamericanos, les abrieron grandes mercados.

Así, bastantes de las fábricas que además eran vivienda se convirtieron en importantes industrias.Y de alguna manera los descendientes de los portadores de las "faixas" terminaron por vengarse del exhibicionismo de Fernando Carreras al dedicarse a construir ellos destacados edificios en otras zonas de la ciudad.


Fernando Carreras sería un "sonat" para sus paisanos tan trabajadores como detentadores de obligado "seny". En realidad, un estupendo, imaginativo y fecundo chiflado. Un catalán muy diferente de aquellos salazoneros procedentes de la Costa Brava.

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