Vigo cuenta con una larga tradición de este tipo de propietarios de restaurantes, algunos de los cuales fueron personajes casi míticos. Y que no están extinguidos ya que tienen sus continuadores, en ciertos casos casi a la altura de los antiguos. Como el que regenta un local en el centro de la ciudad y que merece en TripAdvisor comentarios como el que reproducimos abajo en su integridad pero omitiendo su nombre.


´Mal, muy mal. No lo recomiendo a no ser que queráis pasar un mal rato. No volveré y me ocuparé de que sea la última opción de todos mis conocidos. Fuimos recientemente un grupo de 25 compañeros de trabajo a cenar. La comida nada del otro mundo. La atención no pudo ser peor, de verdad. El cocinero y dueño del restaurante, llamado ........., no pudo ser más maleducado con nosotros.
Era el final de la cena, la 1 de la mañana y sólo quedaba otra mesa en el restaurante (y me consta que no se quejaron). Habíamos organizado un detalle para unas compañeras que terminaban, y sí... es verdad... nos reímos los 25 a la vez con alguna anécdota que se mencionó en el momento (ese es todo el ruido que hicimos, nadie se subió encima de la mesa, ni bailó, ni taconeó, ni dio golpes ni nada por el estilo, afortunadamente somos gente bastante civilizada). El dueño se dirigió a nuestra mesa en voz alta y de muy malas formas a decirnos que su restaurante no era una sala de fiestas y que estábamos molestando. Nos quedamos todos cortados al principio. El ambiente se enrareció bastante. Los discursos de las homenajeadas nos los adornó con estupenda música bastante alta. Fue una pena. Nos quedamos todos con muy mal sabor de boca. Después fuimos a hablar con él y, lejos de pedirnos disculpas por las formas en que se había dirigido a nosotros, todavía fue más maleducado. Nos gritó y dijo que su única obligación era darnos de cenar y que no quería que volviéramos por allí ninguno, que ese era su negocio y que lo llevaba como le daba la gana.
En fin, dejo constancia de todo lo que pasó y que cada uno sea consecuente con sus actos. Si tratas así a unos clientes que se gastaron allí más de 700 euros en una cena, a lo mejor no mereces que tu negocio vaya bien. Confío en que el tiempo ponga a cada uno en su lugar ´

En TripAdvisor hay otros comentarios semejantes sobre similares experiencias padecidas por comensales en este local. A los que, en la misma página, casi siempre contesta el propietario de manera agresiva, en algunas ocasiones ofensiva, utilizando mayúsculas y firmando como cheff y ´director de relaciones públicas´
 
ALGUNOS DE LOS MÁS DESTACADOS HISTÓRICOS HOSTELEROS BORDES

De entre los antiguos famoso era aquel Juan que en su establecimiento llamado El Manjar , también conocido como El Manjar de Juan, abierto en la calle Doctor Cadaval, seleccionaba a los aspirantes a consultar la carta. Si no le gustaba la pinta, eran de nacionalidad portuguesa o consideraba que no iban a hacer consumo suficiente, no importaba que el restaurante estuviera vacío, soltaba a los estupefactos pretendientes a mesa que acababan de abrir la puerta: "está todo reservado". Era un verdadero tres estrellas del borderío.

Eso sí, con los aceptados parroquianos habituales era muy detallista. Si pedían un buen vino, entonces tenía la deferencia de llenarse una cumplida copa de la botella recién servida y hacerles un rato de compañía.

Cuando se trasladó a San Miguel de Oia, en Los Liñares, se hizo con una fiel y exclusiva clientela amante del guiso de congrio a la que no importaban ciertas condiciones de higiene en la cocina.

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Otro bien renombrado era Beiro, en San Miguel de Oia, famoso por su magnífico pulpo y extraordinarias nécoras. A los "madrileños" que lo visitaban en verano, que podían ser de Avila, Zamora o cualquier lugar de la meseta,  nécoras no les servía.

- Oiga, nos pone unos cangrejos de esos...

- No les pongo nécoras que las destragan.

Hay que reconocer que tenía toda la razón. Como también cuando si los "madrileños" le hacían "chiiiss" para reclamar su atención entonces añadía unos cuantos duros a la cuenta final. Con un par de "chiiiss" la cosa ya les salía bastante cara a los mesetarios que iban de chuletas.

Aunque el más borde entre los bordes quizás fuera el propietario de una conocidad cafetería-restaurante emplazada en la entonces calle Felipe Sánchez, hoy Areal, especializada en platos combinados.

En una ocasión, pasadas las doce la mañana se encontraba el susodicho trajinando en la plancha, preparando un montado de lomo, cigarrillo en la boca, cuando un cliente foráneo que acababa de tomar café se disponía también a fumar:

- ¿Por favor, me puede dar Usted fuego?

- No tengo...

El hombre puso los ojos como platos.

- Pero si está Usted fumando...
  
- Es de chocolate

Aquel caballero se quedó con el pitillo a medio camino y tras unos instantes, los que necesitó para recuperarse del desconcierto, consiguió levantarse del taburete y se fue. Por supuesto, sin pagar. El de la plancha siguió a lo suyo pero cabreado con aquel fulano que se había atrevido a molestarlo cuando se encontraba en plena elaboración de una vianda a punto de ser adobada con la ceniza de su propio pitillo de marca americana.

- La gente es la hostia... - le comentó a un parroquiano habitual que se encontraba en la barra y que asintió.
                                           
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Un ejemplar más reciente de hostelero borde era el orondo personaje que regentaba una pretenciosa cervecería de la zona de Las Traviesas, donde si, por ignorancia, pedías un vino te echaban:

- Me pone una cerveza bien fría, por favor

Con profesionalidad, el dueño del local procedió a manipular el grifo. Se tomó su tiempo, como corresponde, para servir la rubia y espumosa caña.

El sediento, asfixiado en plena canícula, le pegó un buen trago.

- No está muy fría...

- Está como tiene que estar. Se lo digo yo, que soy maestro cervecero.


Sin preguntar el precio, el cliente sacó una moneda de dos euros y la dejó con un golpe sobre la barra al tiempo que soltaba un sonoro "adiós". Esa cervecería echó el candado hace algún tiempo.

Respecto al más borde de los actuales, el que mereció el comentario de arriba, aparte de omitir su nombre y el del establecimiento, que se encuentra en una peculiar ubicación, tampoco vamos a dar la dirección. No lo hacemos por precaución, no vaya a ser que algún lector osado decida ir por allí a provocar y se produzca un grave incidente o incluso alguna desgracia de la que no queremos ser indirectamente responsables. Por ejemplo, que, por alguna queja respecto a la comida, le arreen a alguno en la cabeza con un wok de esos de acero y mango de madera.

Aunque siempre hay algunos a los que les gusta la marcha y harán todo lo posible por descubrir el local y pagar una pasta extra por una comida mediocre a cambio de que los maltraten un poco.

También es cierto, hay que reconocerlo, que este restaurador tiene el mérito de esforzarse por mantener la tradición con un comportamiento a la altura de sus antecesores. Lo que no debe ser fácil, que el listón estaba muy alto.

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