Inaugurada en 1876, la Alameda ha mantenido su personalidad a lo largo de ciento cuarenta años. Con los consiguientes cambios y evoluciones, sigue cumpliendo su papel de céntrico salón urbano. La postal que se reproduce fue impresa a partir de una acuarela de la época.

Sobre terrenos ganados al mar, que llegaba hasta donde hoy desemboca la calle Velázquez Moreno, la Alameda fue originalmente concebida al modo de los parques de las ciudades inglesas. Es decir, para uso exclusivo de los residentes de la zona, los propietarios de los inmuebles circundantes pertenecientes al emprendimiento privado denominado Nueva Población, que también incluía las calles aledañas. Su perímetro estaba protegido por una verja de hierro y sus accsos se cerraban al anochecer.

Esto cambió unos años más tarde cuando las autoridades municipales decidieron convertirla en espacio público, para así convertirse en una especie de zona noble de un Vigo que por entonces contaba con cerca de 15.000 habitantes.

Así se convirtió la Alameda en centro de la vida social al aire libre, un amplio y bonito lugar del que los vigueses de finales del XIX y principio del XX presumían ante los visitantes ilustres que aparecían de vez en cuando y que acudían invitados a las cercanas sociedades frecuentadas por las élites, como La Tertulia Recreativa, donde le hicieron honores a Julio Verne en 1878. O El Recreo Artístico, que se fundó en 1886 con la asistencia de Emilio Castelar. también el Gimnasio de Vigo, donde nació la iniciativa de erigir una estatua a Méndez Núñez.

El promotor de la Nueva Población - por tanto, de la Alameda - fue Emilio García Olloqui, singular personaje que combinaba los ambiciosos proyectos urbanísticos con la dedicación a la poesía de inspiración épica. Que además se consideraba dramaturgo. Hay que decir, en honor a la verdad, que se trataba de un pésimo poeta, como queda patente en su "Oda a la batalla de Bailén y Gloria a Castaños"; y todavía peor, si cabe, autor teatral. Sin embargo, debido a que a la gente de la época le gustaba la grandilocuencia, fue muy popular en su tiempo; pero falleció lejos de Vigo, en Alejandría, donde ocupó un cargo diplomático en los últimos años de su vida.

Las clases altas de aquellos tiempos acudían a La Alameda a pasear y lucirse, especialmente los jueves y los domingos, jornadas amenizadas por una banda de música. Mientras unos paseaban otros optaban por las sillas que alquilaba la Casa de Caridad, con cuyos ingresos después se socorría a los necesitados de los alejados barrios proletarios.

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